sábado, 6 de março de 2010

Travesía por Bariloche

El cerro Cella no es sólo para expertos y ofrece una
de las mejores panorámicas del Parque Nacional Nahuel Huapi
Debajo de los pies hay algo totalmente blanco. Su nombre no tiene secretos: nieve. De frente, el color es el mismo porque el temido viento blanco impide la visión de las montañas, también recubiertas de polvo helado.
Más allá de la nieve hay otra nieve de distinta consistencia. En superficie es tipo cartón debido a que posee una capa resistente en su faz visible. La subterránea es granulada - sal , le dicen- y la de ciertas laderas es polvo.
El crujido que provocan las pisadas llega a los oídos cuando el viento no arrastra el eco de las raquetas por el valle del arroyo Casa de Piedra.
Dicen en la región que la primavera vino más fría que el invierno. Que en julio no hubo nieve y que en septiembre y octubre sobró. Que los pájaros cantaron antes de tiempo hipotecando silbidos a futuro.

Que justo cuando las hojas de los árboles brotaban, la nevada les cambió el argumento. Que cuando los refugieros de los cerros se disponían a desperezar el remolón de la baja temporada debieron postergar la idea abajo en los valles.
Que haya invierno tardío no significa que las raquetas de nieve trabajen fuera de época, porque por sobre determinada altura el blanco se mantiene incluso hasta el verano. Las raquetas son ideales para caminar sobre nieve blanda, pues los pies no se hunden y el paso no es agotador.
Es octubre y la laguna Jakob está congelada de lado a lado. Para evitar el blanco hay que girar la vista hacia el fondo del valle Casa de Piedra o al edificio de roca y madera del refugio San Martín, pertenenciente al Club Andino Bariloche (CAB). 

Para orientar a los caminantes por la zona están Gabriel Rapaport, de Camino Abierto, y Claudio Fidani, del refugio San Martín, ambos habilitados por la Asociación Argentina de Guías de Montaña para conducir travesías por los parques del Sur.
Por momentos, cuando se esconde el sol, el ambiente gélido inmoviliza sonidos y aromas. ¿Qué podría provocar ruidos si el agua no corre, las hojas no caen y la nieve todavía no se derrite? El sol de primavera tiene, tal vez, el cielo más impecable, superior al de verano, cuando la seguidilla de días secos levanta polvo en los caminos patagónicos.
La travesía hacia el refugio de la laguna Jakob comienza en el paraje El Tambo, habitado por el señor Vicente, un poblador de los de antes. Con vista al norte del cordón Bella Vista, la caminata recorre una senda cuyo ancho oscila entre los 70 centímetros y los dos metros.
Al principio es bosque, troncos voluminosos y gran altura. Luego es cañaveral, tallos finos y flexibles. Cada tanto, plantas espinosas.
En el primer día de trekking se toca reiteradamente el arroyo Casa de Piedra, de aguas verdosas y cristalinas. Al cruzar un puente colgante se llega 10 minutos después al campamento conocido como Los Ñires.
El sendero asciende y cada huella vale. Así se llega a la montaña, paso tras paso, centímetro tras centímetro. La ansiedad es una mala compañera para los montañistas. Sólo con sabiduría y pausa los andinistas logran su objetivo.

Señales rústicas

En el bosque, las señales de orientación las aportan los detalles de la naturaleza, con excepción de unas marcas hechas con pintura roja que fueron impresas sobre troncos y piedras fijas y que están a lo largo del recorrido para indicar la dirección.
Es un momento clave. El grupo está por entrar en el caracol . Hay que ponerse las botas dobles porque hay nieve acumulada y los pasos ahora deben ser cortos. Si el camino es en pendiente, hay que andar de costado.
Casi todos los senderos que van del valle a la montaña tienen su caracol . Surge cuando se abandona la vegetación y la senda se aleja de la vaguada para ganar altura hacia la roca. Por la inclinación de la ladera, sigue un diseño de curvas y contracurvas para suavizar la subida. Hay otra razón por la cual está el caracol -dice Claudio Fidani-. Si el sendero se hiciese en forma vertical, al llover, el agua correría y erosionaría fácilmente el terreno.
Sendas en distintos parques nacionales se han hecho de fama por la exigencia de sus caracoles . Eso ocurre, por ejemplo, con el caracol de la laguna Negra, con la picada que lleva a la laguna Ilón o al paso de las Nubes, por citar algunos dentro del Parque Nacional Nahuel Huapi. O el caracol del sendero que conduce al refugio Villa, en el Parque Nacional Los Alerces, o el del Lavalle, en la cara sudoeste del volcán Lanín.
Al final del zigzag, la senda gana la piedra y luego de 45 minutos se llega al Jakob. En la puerta está Dagoberto Dago Fuentes, al que muchos llaman el Sherpa de la Patagonia . Reparte su tiempo trabajando en el refugio San Martín y, en temporada, en El Chaltén, colaborando en las expediciones a los hielos continentales y a otros destinos de la zona del monte Fitz Roy.
El y Víctor -de rasgos araucanos- juntaron leña y lograron que la temperatura de la casa de la montaña resultara agradable, porque fuera de la época habitual de uso del refugio, de noviembre a abril, pocos aventureros se acercan.

Desde 1977, Dago presta sus servicios en la montaña. Nació en el mismo arroyo Casa de Piedra, pero allá abajo. Durante muchos años cuidaba del vacuno que se corría hasta la base del caracol . La abuela es uno de sus orgullos. "Tiene 76 años y es una de las tres únicas personas que aún viven que nacieron en la isla Victoria, porque después tomó el lugar Parques Nacionales."
Dago y Víctor hacen la tarea más pesada del refugio. Cortan la leña, atienden la bomba de agua, mantienen las letrinas, hacen las reparaciones, procuran la limpieza, trasladan parte de la carga desde el punto donde los caballos ya no pueden seguir para arriba y preparan los platos de comida para el almuerzo y la cena, con excepción de la granola para el desayuno, especialidad de Fidani.
Ninguno de los que son parte de esta salida oculta sus dotes musicales. Rapaport y Fidani, con la guitarra, y Dago, con el acordeón. El primero y el tercero forman un dúo. Su sede es El Chaltén durante la temporada.
Se llaman los Asesinos del Ritmo y martirizan a quienes se acercan a conocer el Fitz Roy y sus alrededores.
Los refugios de las montañas de Bariloche existen gracias a la labor de los pioneros del club andino local, una asociación fundada en 1931. Como bien pensaron sus creadores y hoy reproducen sus seguidores: Los refugios son puntos de partida hacia la montaña; no son el destino final de una salida de aventura .
Partimos, entonces, hacia el cerro Cella, una cumbre de 2080 metros, a la cual se llega en aproximadamente tres horas desde el San Martín, dependiendo del estado y de la cantidad de nieve que haya. Desde la cumbre se ven los Cuernos del Diablo y el Catedral; detrás de una línea rocosa, hacia el Oeste asoma el monte Tronador y del lado de Chile se destaca la piedra picuda del Puntiagudo.
Al día siguiente, la visita a la laguna de los Témpanos es una sorpresa: el espejo de agua está totalmente congelado.
Así se llega a la cima del Cella. Los esqueletos de lengas a la espera de la primavera, los valles lejanos que se escurren hacia el Mascardi, escondido. Es difícil recordar allí la vida en el refugio, cálida y lo suficientemente motivadora como para pensar en otras travesías.
Demasiada belleza y esfuerzo conjugado. Pero nada impide que el grupo ya tenga la mente puesta en la cumbre del volcán Lanín para noviembre, a no muchas leguas de allí.

Fonte: La Nacion

Por: M.Marques
miltonmarques@meridies.com.ar