quarta-feira, 26 de janeiro de 2011

Deshielos develan secretos ocultos en las montañas

Temperaturas más cálidas que van derritiendo hielos “eternos” dejan al descubierto cada vez mayor cantidad de aviones y restos humanos momificados, que cayeron en zonas de alta montaña.

En la ciudad boliviana de la Paz, los andinistas intercambian historias de proezas en montañismo, hasta que la conversación versa sobre la Huayna Potosí de 19.974 pies de altura, un dentado pico andino que se alza sobre dicha ciudad.

Es que en dicho glaciar se están descubriendo fuselajes abollados, pedazos de alas y hélices de décadas de antigüedad, y, en noviembre pasado, el cadáver congelado de Rafael Benjamín Pabón, un piloto de 27 años, cuyo Douglas DC-6 se estrelló en la cara norte de la montaña en 1990.

“Cuando encontré al piloto, seguía en su asiento con el cinturón de seguridad puesto, agachado hacia adelante como si estuviera durmiendo, algo de cabello negro sobre el cráneo”, cuenta Eulalio González, 49 años, el andinista que bajó cargando el cuerpo momificado de Pabón de la montaña. “Hay más momias heladas en el pico encima de nosotros. El deshielo de los glaciares los traerá a nosotros", señala.

El descubrimiento de los restos parcialmente preservados de Pabón fue uno de un creciente número de hallazgos extraídos de los glaciares y campos de nieve del mundo en los últimos años, a medida que las temperaturas más cálidas provocan que se derritan el hielo y la nieve y revelen sus secretos largamente guardados.

Los cuerpos aparecidos se momificaron en forma natural, ya que el frío extremo y el aire seco hicieron un trabajo similar al de las resinas y aceites entre los antiguos egipcios.

Arriba y debajo del espinazo de los Andes, plagado de restos de aviones y percances de escaladores, los descubrimientos ayudan a resolver misterios de décadas.

En uno de esos hallazgos, a fines de los ‘90, los andinistas en el volcán Tupungato descubrieron partes del accidente del Star Dust, el legendario avión británico del que se rumoreó que había desaparecido en 1947 con un cargamento de oro.

No se encontró ningún tesoro en el sitio donde se estrelló el avión Avro Lancastrian que volaba la British South American Airways, pero sí un torso preservado y una mano con uñas arregladas en punta, una reliquia espeluznante de la moda del Londres de los 1940, que sirvió de testimonio del destino de los pasajeros y la tripulación del avión.

Científicos dicen que el retiro del hielo es una gran ayuda inesperada para quienes anhelan dar un vistazo al pasado: “Parece que continúa la tendencia caliente vista en muchas regiones”, notó Gerald Holdsworth, glaciólogo canadiense. “Aún quedan grandes bancos de nieve en lugares prometedores, y muchos glaciares de diferentes formas y tamaños, así que los hallazgos podrían continuar por mucho tiempo más”.

Algunos descubrimientos permiten un cierre a las familias tras años de llorar la pérdida de seres queridos que parecieron haberse esfumado. Otros agregan pistas atrayentes en la historia de la migración humana, la dieta, la salud y los orígenes étnicos, dice María Victoria Monsalve, patóloga en la Universidad de Columbia Británica que estudia momias heladas.

Señaló que algunos de los últimos descubrimientos más valiosos incluyen a tres momias infantiles incas, encontradas en el volcán nevado Llullaillaco, en el norte de Argentina, y un hombre de hielo de 550 años de antigüedad descubierto por cazadores de borregos en el norte de Columbia Británica.

Las momias jóvenes también pueden agregar al registro histórico. En 2004, se encontró a tres soldados bien preservados en un sitio de combate, a gran altura, de la Primera Guerra Mundial en los Alpes italianos. Y en 2006, un laboratorio militar en Hawai unió las piezas de la historia de un piloto de la Segunda Guerra Mundial encontrado en el glaciar Darwin en California.

Identificado como Leo M. Mustonen, lo enterraron en su ciudad natal de Brainerd, Minnesota.

Incluso Holdsworth, que, en tanto glaciólogo está más interesado en el hielo mismo, ha monitoreado muy de cerca al glaciar Malaspina en el sureste de Alaska, en parte porque dice que cree que ahí hay un avión que se estrelló cerca de la frontera del Yukón en 1951.

Para la familia de Rafael Pabón, el piloto encontrado muy arriba en los Andes, en noviembre, el descubrimiento fue una especie de alivio. Durante dos décadas, su madre, Yolanda Galindo de Pabón, de 69 años, se atormentó con ideas de lo que le había sucedido. Imaginó incluso que podría estar vagando por las provincias de Bolivia como resultado de un accidente. Se preguntaba si podrían haber secuestrado su avión y cruzado la frontera a Brasil.

El descubrimiento del cuerpo - aún con la misma camisa blanca y pantalones grises que llevaba puestos cuando despegó con un cargamento de reses muertas de las tierras bajas, al este de Bolivia, el 19 de octubre de 1990- al menos terminó con las dudas: “Me llevó muchísimo tiempo reconocer que podría estar muerto”, dice Pabón. “Ahora tenemos un cuerpo. Puedo visitar a mi hijo en su tumba y llorar su muerte como cualquier madre tiene derecho a hacerlo”.

El cadáver congelado del copiloto de Pabón se descubrió en Huayna Potosí en 1997. Aún no se encuentra al único otro miembro de la tripulación del avión de carga, un mecánico llamado Walter Flores.

Andinistas de La Paz dicen que esperan encontrar más restos a medida que se retiran los glaciares del país, como el Chacaltaya, del que alguna vez se dijera era el centro para esquiar más alto del mundo. Hablan con cierta reverencia del glaciar que guarda restos de aviones, incluido un avión militar de carga Hércules de los ‘70 y otros más pequeños que se estrellaron en las montañas tras toparse con tormentas y poca visibilidad.

Los misterios se van revelando por capítulos, como capas de hielo que dejan al descubierto lentamente una antigua tragedia.

En 2006, un equipo de montañistas en la montaña Illimani, el segundo pico más elevado de Bolivia, redescubrió los restos de un Boeing 727 de Eastern Air Lines que se estrelló poco después de despegar el 1 de enero de 1985, muriendo las 29 personas que iban a bordo.

No se encontró ningún cuerpo en ese entonces ni durante el ascenso de 2006. Sin embargo, Roberto Gómez, de 28 años, un andinista que recuperó parte del fuselaje, cree que es sólo cuestión de tiempo para que surjan a la superficie, a medida que se derrite el glaciar de Illimani.

Ya encontró fotografías, ropa infantil y, extrañamente, lo que parece son pieles de cocodrilo en el cargamento, en el sitio del accidente: “Los cuerpos y la caja negra todavía están en alguna parte del hielo”, señaló.

En otro ascenso, encontró lo que cree son los restos de un montañista australiano muerto: un pie preservado todavía con una bota Salewa para montañismo.

Conscientes del destino que han encontrado quienes se atreven a desafiar los picos de Bolivia, algunos guías montañistas en esta ciudad se refieren respetuosamente a las montañas como “achachila”, una palabra de la lengua indígena aimara que se traduce más o menos como “espíritu de la tierra” o “tío”. Antes de cada ascenso, ofrendan hojas de coca a los picos de los que dependen para ganarse la vida.

“Los tíos guardan muchos secretos”, señala González, quien encontró el cuerpo de Pabón. “Tal como las tumbas bajo su sombra”.

Fuente: http://www.losandes.com.ar/
Por: M.Marques
milton@mxb.com.br