sábado, 24 de abril de 2010

Una Travesía por los Siete Lagos en Bicicleta

Los paisajes de la Patagonia deslumbran al que los pisa. Existen muchas formas de admirarlos. En este caso la ruta elegida es la provincial 234, más conocida como Camino de los Siete Lagos, y el medio de transporte es una bicicleta todo terreno. El camino se puede realizar en ambos sentidos, el trecho neuquino une a San Martín de los Andes con Villa la Angostura en 112 kilómetros, mitad asfalto, mitad ripio. En general, los rodados transitan durante el verano y primavera debido al frío invernal y a las lluvias otoñales. Pero las ganas de ver los colores del otoño sureño pudieron más que las costumbres.

Foto: M.Marques
Desde el Lago Lácar (el primero de los siete) arranca la travesía. Como comienza a media tarde es aconsejable hacer un breve tirón y no dejar que la noche nos encuentre pedaleando. Los primeros 15 kilómetros son en subida (hay sólo dos bajadas leves) y realmente es desgastante, por eso es bueno hacer el esfuerzo y dejarlos de lado antes de que anochezca para empezar la jornada siguiente con desniveles constantes. Pasamos la noche en el Arroyo Partido donde se puede cargar agua y armar el iglú. Allí cenamos y con el estómago bien lleno nos metimos en las bolsas.

El segundo día mostró un gran sol y un cielo totalmente despejado. Nos despertamos a las nueve debido al cansancio del día anterior. Ya podían disfrutarse las subidas y bajadas en las que la velocidad llegaba a 60 kilómetros por hora. Después de un rato de pedaleo, en el kilómetro 27, llegamos al Arroyo Hermoso, donde se pueden reponer energías y tomar agua. A esa altura está el desvío a Confluencia y a Paso Córdoba. Es importantísimo elongar para seguir sin problemas.

Foto: Ana Lia Corte

En el kilómetro 32 nos encontramos con el Lago Machónico, de agua verde, el número dos de la lista empezando en San Martín. En esa misma ruta, ocho mil metros más adentro empieza un camino de tierra de dos kilómetros al Lago Hermoso. El charco no forma parte de los Siete Lagos pero vale la pena visitar. En principio se divisa la laguna Pudú Pudú como antesala del espejo de agua que se encuentra 500 metros después, y no en vano fue nombrado Hermoso. Pedaleamos otros dos kilómetros y al mediodía ya nos pesaban los pies y el hambre se hacía sentir. Almorzamos un menú adecuado para reponer energías. Con el estómago contento el ejercicio se hizo mucho más liviano.

Subidas y bajadas conducen al kilómetro 45 que enfrenta a dos lagos espectaculares: el Falkner y el Villarino, tres y cuatro de la lista. En el primero hay un camping organizado con parrillas, canilla, despensa y una vista perfecta. Ahí se despide el Parque Nacional Lanín y da la bienvenida el Parque Nacional Nahuel Huapi. Hay un punto panorámico en el que vale la pena frenar a disfrutar de la vista. Otro que se despide es el asfalto que acompañó la mitad del camino.

Foto: Ana Lia Corte

El panorama ya es otro. Tierra abajo, bosque en los costados, montaña arriba. Setecientos metros más tarde se encuentra el Lago Escondido que sólo merece un adjetivo: espectacular. Rodeado de vegetación sus aguas están muy por debajo de la ruta. Hay un descenso prominente en el que las bicicletas no son bien recibidas.

Las mejores velocidades se alcanzaron en ese tramo. De película. Una bajada constante con curvas y contracurvas une al Escondido con Pichi Traful, el brazo norte del Lago homónimo. La pesca es practicada en este lugar pero siempre con la autorización del guardaparque. Allí se encuentra su casa y un hotel llamado Palabras de Vida, propiedad de una fundación adenominacional (no se aferra a religión alguna en especial) sin fines de lucro que lleva el mismo nombre. Aquél recibe estudiantes de colegios religiosos en viajes de egresados y turistas convencionales a los que se les ofrece (sin compromiso) participar en actividades espirituales y/o excursiones por la zona. José, un cubano de treinta y monedas, y Palomo son los dos cuidadores del hotel. Su hospitalidad fue clave ya que hacía frío y estábamos cansados. Pichi Traful es un buen sitio para pasar la noche porque tiene lugar de acampe y agua.

Foto: Ana Lia Corte
Tercera jornada. El ripio se hace largo. A los 21 kilómetros saliendo de Pichi Traful se encuentra el desvío a Villa Traful. De tener tiempo suficiente, es aconsejable visitarla.

El arroyo Neuquenco, excelente para refrescarse, saluda y presenta con una impresionante vista panorámica al Lago Correntoso, enorme espejo de agua que se deja ver en tres oportunidades. Una de sus curvas desvía el camino hacia el Lago Espejo Chico, que no está entre Los Siete pero que no deja de deslumbrar. El arroyo Rucamalén o río Espejo Chico lo une con el Correntoso. No está de más pedalear 5 kilómetros (ida y vuelta) para conocerlo. De ser necesaria una parada, hay un camping muy bien provisto a orillas del lago que, desde hace diez eneros, es sede de la Fiesta del Mochilero, reuniendo a más de 500 aficionados.

Foto: Ana Lia Corte
La salida del Correntoso es, después de la del Lácar, la más dificultosa. El desgaste es enorme, más aun en medio de la llovizna. La tierra frenaba las ruedas de la bicicleta a tal punto que, en pequeñas bajadas, hay que seguir pedaleando para que el rodado se mueva. Por eso, es necesaria una buena alimentación antes de afrontar el trecho.

El último tramo de ripio mezcla subidas y bajadas constantes. Se llega en una hora al Lago Espejo. Este es el último de Los Siete y puede apreciarse en dos oportunidades. La primera, desde la ruta, y la segunda, tomando un corto camino que lleva al "Resort" situado a sus orillas. En verano nuclea a muchísimos fanáticos de los deportes acuáticos (wakeboard, windsurf, ski, etcétera) ya que su temperatura no se asemeja al de los demás lagos patagónicos.

Pocas sensaciones se comparan a la de ver el cartel que indica: para la derecha, Chile, y para la izquierda, la Angostura. Y no por el hecho de que faltan sólo 10 kilómetros para la Villa, sino por la gratificación de una prueba a punto de superarse. De ahí en adelante el asfalto vuelve a hacerse presente y el Lago Nahuel Huapi acompaña desde la banquina derecha. Es increíble pedalear con semejante vista. Ya no hay cansancio, sólo subidas, bajadas y buenas velocidades (aproximadamente 55 km./h).

Foto: Ana Lia Corte
En escasos minutos arribamos a la Angostura, un pueblo perfectamente preparado para recibir gente con brazos abiertos. Un baño caliente, descanso y paseo a pie por el centro son el mejor premio para casi 130 kilómetros de pedaleo.

Al día siguiente tuvo lugar un triple paseo. Primero tuvo lugar el Puerto, que está a 3 km. de la Villa. Luego, Bahía Manzano, un lugar de maravillas. Hermosas construcciones, pinos y dos bahías hacen del lugar un sitio especial para recuperar energía. Recorrerlo en bicicleta es un placer. Sin dudas uno de los lugares más bellos y pintorescos de toda la Patagonia. Pero lo que se llevó los laureles fue la recorrida en Fourtrax por el Faldeo del Cerro Bayo. Un sendero atraviesa el bosque hasta llegar a la base del cerro.

El regreso a San Martín de los Andes se emprendió a las 21 horas. Un minibús hace en dos horas y media lo que a la bicicleta le lleva dos días pero sin la magia ni la adoración de la naturaleza que permite el rodado. Se llega a las 23.30, así que de ser posible hay que tener las reservas de hospedaje de antemano.

Recomendaciones:

- Para hacer la travesía se utilizó la bicicleta. Es imprescindible el uso de casco y llevar cámaras de repuesto.

- El primer tramo es en subida. Por eso se recomienda hacer una primera parada en Arroyo Partido a 15 km. de San Martín. Hay agua y espacio para acampar. Después comienzan los desniveles. La segunda noche se puede pasar en Pichi Traful donde hay zona de acampe, guardaparque y agua. Es importantísimo salir temprano y no pedalear de noche.

- En Villa la Angostura se puede conseguir hospedaje en las Hosterías.
- Para regresar a San Martín de los Andes se toma un colectivo que sale a las 21 horas. de la Terminal de la Angostura situada en el Cruce.

Fuente: Web
Por: M.Marques
milton@mxb.com.br