quinta-feira, 21 de janeiro de 2010

El misticismo de los cerros Torre y Fitz Roy


Desde las primeras décadas del siglo pasado, cubriendo largos trayectos a caballo, comenzaron a llegar a un valle del suroeste santacruceño -donde actualmente se encuentra la población de El Chaltén-, algunos expedicionarios europeos expertos en técnicas de escalamiento. Los atraían las cadenas montañosas de piedra granítica por su particularidad de elevarse como agujas hacia el cielo.


No era la altura lo que les preocupaba porque ellos habían llegado mucho más alto en otros sitios del mundo, sino sus paredes verticales ya que sobre ellas tendrían que aplicar una delicada destreza para ascender utilizando el equipamiento disponible en esa época.

Pero también las condiciones climáticas eran para tener muy en cuenta: cambiaban bruscamente y podrían quedar atrapados en una tormenta de nieve y viento. Notaban que los temporales venían del oeste, con nubarrones que envolvían a gran velocidad el campo de operaciones.

Las imponentes moles les transmitían un desafío mucho más excitante que otras montañas, sobre todo cuando no se tenían antecedentes de que alguien hubiera llegado a sus cumbres. En cierta forma, los escaladores “gringos” anhelaban perpetrar sus nombres en la mítica leyenda de las altas cumbres.

Para intrépidos

El Fitz Roy, con sus 3.405 metros de altura, del cual alguien les había contado en la viaja Europa, estaba allí desde hace dieciséis millones de años, y los llamaba. Su nombre se debe a un legendario explorador pero hoy también vuelve a denominárselo Chaltén en reconocimiento al nombre que le dieron los tehuelches, en cuyo idioma significa algo así como “piedra que echa humo” porque la turbulencia de las nubes le da ese aspecto.

Y no muy lejos, en otra cadena montañosa, observaban al Torre, de 3.102 metros, aún más escarpado y aislado en su base por inmensos y milenarios glaciares.

Pero llegar a la zona tampoco era fácil ya que había que vadear varios ríos ante la inexistencia de puentes; cruzar los equipos y luego de varios días de campamento estar listos para emprender el ascenso con un plan estructurado, apenas las condiciones climáticas fueran favorables.

Seguramente escribas especializados en este tipo de informes habrán elaborado la historia exacta de lo que fue sucediendo en estas montañas santacruceñas. Lo nuestro, lo reconocemos, se basa en datos que hemos ido recogiendo de algunos vecinos de la joven localidad de El Chaltén y en algunos recortes de publicaciones gráficas.

Jaques Poincenot

Un viejo y amarillento artículo de revista cuenta que ya en 1917 comenzaron a arribar distintas expediciones, entre ellas las que conformaban los alemanes Alfred Koewiker, Franz Kühn y Lutz Wite, pero en rigor fue un grupo francés el que cobró notoriedad a mediados del siglo pasado, sobre todo uno de sus integrantes llamado Jacques Poincenot, aunque él nunca pudo llegar a la cumbre del Fitz Roy.

Había llegado al lugar a fines de 1953, junto a otros “alpinistas” llamados René Ferlet, Lois Depazze, George Strauve y Luis Libautry.

Jacques, según recuerdan las viejas crónicas, era de estatura mediana, ojos grises y cabellera entrecana pese a su juventud. Su apariencia física nada revelaba de sus cualidades como trepador, pero ya había vencido cimas muy difíciles en los Alpes, con admirable soltura de movimientos.

Pero sólo pudo acompañar a sus compañeros de expedición hasta el turbulento Río de Las Vueltas porque sorpresivamente lo arrastró una fuerte correntada cuando intentaba cruzarlo sujetando parte del pesado equipo expedicionario.

Se cuenta que al ver que no salía a la superficie, sus compañeros cortaron la soga, con la esperanza que se liberara de las aguas, pero todo fue en vano. Poincenot murió ahogado el 28 de diciembre de 1953, irónicamente, el día de los santos inocentes. Su cuerpo fue hallado varios días después aguas abajo, pero no fue repatriado sino inhumado en el cementerio de Puerto Santa Cruz, siguiendo la tradición de los hombres de montaña de entonces, la cual indicaba que debían permanecer en una necrópolis cercana al sitio de la muerte.

Luego de ese penoso episodio, el resto del equipo pudo alcanzar la cumbre del Fitz Roy entre enero y febrero de 1954 (no pudimos establecer la fecha con exactitud), siendo entonces los franceses los que lograron la proeza de ser los primeros en vencer al majestuoso cerro.

Muchos años después, un periodista de la revista “Aconcagua”, editada en Buenos Aires, trató de ubicar la tumba de Poincenot en Puerto Santa Cruz. Pero luego de observar y hacer muchas preguntas a los pobladores, no pudo encontrar a alguien que recordara ese nombre.

Aún así, no se dio por vencido y más tarde logró obtener una antigua fotografía donde se veía una verja con una chapa de color negro, en la cual estaba escrito el nombre del escalador en 1952.


Volvió al cementerio y halló una tumba perdida que aún conservaba la verja ya desvencijada. Aunque el nombre se había borrado, no tuvo dudas: allí descansaban los restos de Jacques y le dejó una flor. Hoy, en su memoria, uno de los cerros aledaños al Fitz Roy lleva su nombre. El Poincenot tiene 3.005 metros de altura.

Tonny Egger

Desde abajo, las paredes del cerro Torre se ven casi verticales y representan un desafío más difícil que las del Fitz Roy. Tal vez por ello hubo que esperar –como sucede en otros deportes de alto riesgo- a que mejoraran los equipos de escalada.

Quien pudo haberlo conquistado por primera vez es algo que está en discusión, a tal punto que las historias dividen a los propios habitantes de El Chaltén, aunque cuando ello supuestamente ocurrió, en febrero de 1959, el pueblo no existía. Algunos atribuyen la proeza el austríaco Tonny Egger y otros al italiano Césari Maestri.

Supuestamente ambos habrían elegido con sus compañeros de expedición la cara este de la aguja que era virtualmente inaccesible, aunque recién lo notaron en plena expedición y no volvieron atrás.

Los defensores de Egger aseguran que fue él quien llegó solo a la cima pero en el descenso cayó al vacío y pereció, arrastrando también su cámara fotográfica semiautomática y rollos de película que constituían la prueba de la supuesta hazaña.

Otros se inclinan por otorgar el mérito a Maestri, pero su equipo no aportó fotografías. Pocos años más tarde el italiano trató de demostrar que había sido el primero y realmente lo logró, pero ascendiendo por otra ruta.

Sin embargo ya no podía asegurar que fue el primer hombre en alcanzar el techo de esa mole granítica porque otro italiano llamado Casimiro Ferrari llegó antes utilizando un moderno sistema para taladrar la roca y además certificó su hazaña con filmaciones que tomaron sus compañeros de expedición, integrada entre otros por un joven argentino de apellido Roca, quien más tarde llegaría a ser uno de los máximos directivos del grupo empresario Techint.

De todos modos no fueron los nombres de Maestri ni el de Ferrari los que quedaron impresos en las cumbres sino el de Egger ya que otro cerro que se encuentra junto al Torre y tiene 2.900 metros de altura, inmortaliza al escalador austríaco. Más aún, a principios de 1997 llegó a El Chaltén un container trayendo en su interior las partes de una capilla con cúpula ornamentada que fue diseñada en Europa y donada por compañeros de expedición de Egger. El santuario es un homenaje a todos los escaladores fallecidos en estas montañas santacruceñas y tiene una placa donde figuran los escaladores muertos hasta 1996. (APP)

Fonte: APP
Por: M.Marques
milton@mxb.com.br